miércoles, 28 de julio de 2010

El espadachín

Acababa de colocar un mozo el servicio de la cerveza delante del joven y de destapar la botella con sonoro taponazo, cuando uno de los concurrentes dijo con voz bastante acentuada para dominar el rumor general:

-Me parece señor don Eulogio, que pocos momentos antes iba usted a hacerme yo no sé qué manifestación; pero que por el mero hecho de ser suya, no puede menos de interesarme.

-En efecto -contestó el de la capa de grana con aire zumbón-; iba a decir a usted, que me alegro mucho de que no me guste el sombrero de tres candiles, porque si me gustase, me le pondría, y es una cosa que me revienta.

El éxito que estas palabras obtuvieron, no pudo ser más completo. En todos los extremos de la mesa estalló un coro de carcajadas, no siendo las damas las que menos parte tomaron en él, con sus atipladas florituras.

Lozano dio por supuesto que la cerveza que acababa de acercar a los labios iba a volvérsele veneno; pero no obstante, apuró pausadamente el vaso con la mayor abnegación y le dejó sobre el velador cuando el acceso de hilaridad general se hubo calmado.


El espadachín
Narración histórica del Motín de Madrid en 1766
Antonio Barreras